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lunes, 25 de noviembre de 2013

Alfred Russel Wallace



Este mes se cumplen cien años de la muerte del naturalista británico Alfred Russel Wallace, padre, junto con Charles Darwin, de la teoría de la evolución por la selección natural. Desde el punto de vista académico se trata de uno más de los científicos olvidados por la historia, y, en todo caso, siempre a la sombra de Darwin. Pero su vida merece ser recordada.
Como buen naturalista de la época, siendo muy joven se embarcó hacia la cuenca del Amazonas, donde realizó un gran trabajo de campo, recolectando datos y especies durante cuatro años. Toda esta tarea se vino abajo por culpa de un naufragio cuando ya regresaba a Inglaterra. En lugar de hundirse, retomó su actividad pero en esta ocasión se dirigió hacia Malasia, donde volvió a recolectar miles de datos. Se dice que pasaron por sus manos más de 125.000 especies, de las que 80.000 eran escarabajos y más de mil sin haber sido antes identificadas. También desde allí escribió varios artículos, entre ellos un ensayo sobre la evolución por selección natural que, a través de Darwin, con el que se carteaba, llegó a la Sociedad Linneana de Londres, que se encargó de publicarlo junto con otras aportaciones del propio Darwin. Posteriormente hubo cierta controversia entre los historiadores sobre si Darwin se aprovechó de los escritos que le hacía llegar Wallace, pero lo que no cabe duda es que a Wallace le vino muy bien el acercamiento a una figura ya venerada como la de Darwin y, además la buena relación que mantuvieron en los años posteriores dan pie a pensar que no hubo tan mal rollo entre ellos.
Hoy es justo recordarlo como padre de la teoría de la evolución, ecólogo, escritor, biogeógrafo, y socialista. Entre sus aficiones poco serias tenemos que señalar su activismo anti-vacunas y su interés por el espiritismo. Por lo visto, no se puede ser perfecto, ¡qué le vamos a hacer!

lunes, 25 de junio de 2012

La extinción de los dinosaurios

Hoy sabemos que los dinosaurios se extinguieron de forma súbita y la ciencia intenta averiguar por qué.


La teoría más aceptada es la llamada hipótesis Álvarez, en honor al Nóbel de física Luis Álvarez, y a su hijo, el geólogo Walter Álvarez, que la propusieron en 1980. De familia les viene porque son nieto y bisnieto de Luis Fernández Álvarez. Aquí los tenéis.


La hipótesis propone que un asteroide de unos ¡15km! de diámetro impactó en algún lugar de nuestro planeta (hoy se está bastante seguro de que fue en las proximidades de la península de Yucatán, en México) lanzando a la atmósfera millones de toneladas de polvo y vapor. Quedó un cráter de 180km de diámetro que hoy está casi totalmente sumergido en el océano. El polvo quedó suspendido en el aire durante varios años, bloqueando la luz solar y desencadenando un invierno durísimo.

La mayoría de los bosques se incendiaron de inmediato y, tras el frío posterior, sólo unos pocos animales tuvieron la suerte de sobrevivir, entre ellos los pequeños mamíferos. Con el paso de decenas de millones de años, estos evolucionaron hacia, entre otros, nosotros.

Pero no pensemos que el cráter de Yucatán es la prueba principal de que ocurrió lo que acabamos de ver. No es así. La prueba más importante es el llamado límite K-T. K-T quiere decir Cretácico (Kreide en alemán) – Terciario. Sin más explicaciones, el límite K-T es esto:


Se trata de una negruzca capa de sedimento de apenas 1 o 2 cm de grosor. Se encuentra en todo el planeta y está formada en gran parte por un metal muy raro en la Tierra: el iridio. Cuando se formó el planeta hace unos 4700 millones de años casi no había iridio en la superficie. Todo el que hoy día se encuentra llegó en asteroides y cometas. La capa de iridio es pues una prueba de un impacto gigantesco.

Y lo más importante: por encima del límite K-T no se encuentran restos de dinosaurios. (Ni de muchos otros animales, que por eso se llama extinción masiva del Cretácico-Terciario)


Y si queréis saber más, siempre podéis visitar el Museo del Jurásico, en Colunga.


lunes, 18 de junio de 2012

El inventor de dos desastres

En los años 20 del siglo pasado los motores de los coches tenían apenas 2 décadas de historia y un problema que aquí llamamos “picado de bielas”. Consiste en que la gasolina evaporada en los cilindros a veces explota antes de tiempo y, además de dañar el motor, hace que este traquetee.



Thomas Midgley era un químico e inventor que trabajaba para General Motors. Buscó una solución probando a añadir a la gasolina muchas sustancias distintas. Tuvo éxito con una muy barata que se llama Tetraetilo de plomo. Rápidamente las compañías químicas y petroleras se lanzaron a producirlo a gran escala. Pero resulta que el plomo, en suficiente concentración, produce ceguera, fallos renales, sordera, cáncer, parálisis, convulsiones, alucinaciones… En aquella época esto ya se sabía y por eso llamaron al aditivo “Etilo”, a secas. Creían que en poca cantidad no sería peligroso. O eso decían.

Algunos de los trabajadores de la primera fábrica de Etilo sufrieron desequilibrios mentales. Se negó relación alguna con el plomo. El propio Midgley dio una rueda de prensa en la que intentó convencer a la audiencia de que inhalar vapores de plomo era inofensivo. No convenció a nadie y tuvo que recluirse durante meses para recuperarse.

Por la presión de la opinión pública se mejoraron las medidas de seguridad. Eso salvó a los trabajadores, pero no a la atmósfera. Los tubos de escape de los coches han emitido ingentes cantidades de plomo desde entonces hasta la década de 1990 (¡70 años después!) en que se prohibió el plomo y se sustituyó por otras sustancias menos nocivas.

Lo más curioso del asunto es que Thomas Midgley aprendió la lección y abandonó el estudio de aditivos de la gasolina y se pasó al de gases para circuitos de refrigeración. Encontró una familia de gases que funcionaba realmente bien. Los llamados Cloro Fluoro Carbonos, abreviadamente, CFC. No eran tóxicos y tenían las propiedades físicas perfectas así que se empezaron a usar en todas partes: neveras, congeladores industriales, sprays de desodorantes…
Pero, años después, se descubrió que la capa de ozono estaba adelgazando rápidamete. El ozono O3 es una molécula formada por 3 átomos de oxígeno. Es inestable (afortunadamente porque es muy tóxica), y se encuentra en las capas altas de la atmósfera, donde la radiación solar lo crea a partir del oxígeno del aire. Nos viene genial, porque es un filtro maravilloso de los peligroso rayos ultravioleta. Sin ese filtro es casi seguro que no habría vida en el planeta. Hoy día, en la Antártida, hay un enorme agujero en la capa de ozono. Menos mal que allí no hay casi nadie.

Es cierto que ni Midgley ni ninguno de sus contemporáneos podían saberlo, pero los causantes del agujero de la capa de ozono eran los CFC. Ascendían en la atmósfera hasta llegar al ozono y lo destruían. Desde hace unos 20 años ya no se usan en casi ningún país.

Agujero en la capa de ozono en el polo sur

Midgley contrajo poliomielitis a los 51 años e inventó una máquina que le ayudaba a levantarse de la cama. Un día, por accidente, uno de los cables se le enroscó en el cuello y murió asfixiado. Curioso final para quien inventó dos desastres ecológicos mundiales e, incluso también, el aparato que lo mató.

lunes, 21 de mayo de 2012

Enseñar a pensar

El de la foto es sir Ernest Rutherford, presidente de la Royal Society y Nóbel de Química en 1908. Contaba la siguiente anécdota:

Hace algún tiempo me llamó un colega. Iba a ponerle un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste le decía que su respuesta era absolutamente acertada. Profesor y estudiante acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.

La pregunta del examen decía: “demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro”. Un barómetro permite medir la presión atmosférica.

El estudiante había respondido: “Suba con el barómetro a la azotea del edificio y átelo a una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio”.

Realmente había planteado un serio problema. Respondió correcta y completamente. Habría que concederle la máxima nota pero la respuesta no confirmaba que el estudiante supiera la física necesaria para tener un 10.

Le dimos otra oportunidad. En 6 minutos tenía que responder a la misma pregunta y le advirtimos que tenía que demostrar sus conocimientos de física. Pasaron 5 minutos y no había escrito nada aún. Le pregunté si quería dejarlo, pero me contestó que tenía muchas respuestas y no sabía cuál era la mejor para escribirla. Me disculpé por interrumpirle y le dejé seguir.

En el minuto que le quedaba escribió: “Coja el barómetro y déjelo caer al suelo desde la azotea. Con un cronómetro cuente el tiempo que tarda en llegar al suelo. La altura vendrá con la fórmula: Altura = ½ g t2

Mi colega decidió darle la nota más alta y le dejó marcharse. Al salir me encontré con el estudiante y le pedí que me contara las otras respuestas que tenía.

“Bueno”, dijo, “hay muchas maneras. Por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Después se mide la sombra del edificio y con una simple proporción tendremos la altura del edificio”

“Muy bien”, le dije, “¿y de otra manera?”

“Si”, dijo “También puedes atar el barómetro a una cuerda y moverlo desde la azotea como si fuera un péndulo. Midiendo el tiempo de oscilación se puede calcular la longitud de la cuerda, que será igual a la altura del edificio”.

Me contó más posibilidades, todas igual de estrambóticas pero válidas. Entonces le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la presión atmosférica, que se mide con el barómetro, es inversamente proporcional a la altitud). Me dijo que claro que la sabía, pero que durante sus estudios sus profesores le habían enseñado a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, más tarde Nóbel de Física en 1922, conocido por su modelo atómico y por ser uno de los padres de la teoría cuántica.


LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR.

lunes, 16 de abril de 2012

Personajes: Luis Fernández Álvarez

Hoy vamos a conocer a un médico asturiano, persona excepcional, del que se cumplen 75 años de su muerte.

Luis Fernández Álvarez nació en 1853 en Salas. Era el tercer hijo de una familia pobrísima. Después de morir su madre cuando Luis tenía 4 años lo que quedaba de la familia emigró a Madrid. Allí su padre encontró trabajo como bodeguero del infante Francisco de Paula, hijo menor del Rey Carlos IV. El infante hizo que los dos niños más pequeños entraran a estudiar en la Escuela Real.

Pero la desgracia volvió a hacer acto de presencia. Acompañando al infante en un viaje el padre sufrió un accidente y murió. Luis y su hermano tuvieron que dejar la escuela y volvieron a Asturias. Aquí, la pobreza les obligó a emigrar a Cuba. Luis tenía entonces 13 años (hoy estaría en 2º de ESO), pero era un hombre curtido que sabía leer y escribir. En Cuba trabajó como lector de libros en una fábrica de tabacos. Elegía los libros y los leía en voz alta a los empleados mientras éstos liaban los puros.

En Cuba se oía la leyenda de Estados Unidos como la tierra de las oportunidades, y por ella emigró otra vez. Pasó por Florida y acabó en Nueva York. Allí, la gente le llamaba Luis F. Álvarez, y acabó perdiendo el Fernández, para quedarse en Luis Álvarez. En Wikipedia se le encuentra como Luis F. Álvarez.

A los 25 años, trabajando de comerciante se casó con Clementine, de origen alemán, y emigró a California. Allí su gran olfato para los negocios le hizo ganar mucho dinero mientras a la vez estudiaba medicina en la que hoy se llama Universidad de Stanford. Al poco tiempo emigró de nuevo, esta vez a Hawai, lugar que entonces no era como lo conocemos hoy. En las islas había un rey, y para él trabajó como médico durante 20 años. Claro que siguió con sus negocios y agrandando su fortuna.

Cierto día recibió un encargo del rey: tratar de reducir la epidemia de lepra entre la población hawaiana. Se trata de una enfermedad infecciosa, entonces incurable. Los leprosos a menudo perdían miembros y se les agrupaba en barrios para ellos solos, a los que se llamaba leproserías. A punto de entrar en el siglo XX Luis viajó a Estados Unidos y estudió las más modernas técnicas bacteriológicas en la reputadísima Universidad Johns Hopkins. Inventó un revolucionario método de diagnóstico de la lepra, vigente durante décadas, y muchos métodos terapéuticos para la enfermedad. Todo ello le dio fama y honores.


Regresó como médico a Los Ángeles en 1906, y fue nombrado cónsul honorario de España. Murió en 1937, tras una vida de ensueño, a los 84 años.

Tuvo 5 hijos, de los que dos adquirieron gran renombre. En el próximo artículo sobre esta familia hablaremos de uno de ellos, más tarde de su nieto, y más tarde aún de su bisnieto, que, como decía aquél, aún hay más.

lunes, 9 de abril de 2012

Isaac Asimov sobre la ignorancia

Isaac Asimov fue un escritor y bioquímico ruso, nacionalizado estadounidense, conocido por su extensa obra de divulgación científica, de ciencia-ficción y de historia. Fue muy exitoso. Vendió muchísimos libros y adquirió fama mundial. Murió en 1995.


El que escribe estas líneas lo considera el mejor escritor de divulgación científica que ha leído, pero creo que en los otros dos campos no alcanzó el nivel del primero.

En la biblioteca tenemos muchos de sus libros. No sabría recomendar sólo uno. Se leen del tirón. Consigue engancharte hasta que los acabas.

Os dejo con una de sus frases:

Existe un culto a la ignorancia en los Estados Unidos: siempre lo ha habido. La presión del anti-intelectualismo ha ido abriéndose paso constantemente a través de nuestra vida política y cultural, alimentado por la falsa noción de que la democracia significa que "mi ignorancia es igual de válida que tu conocimiento"

¿Y qué pensáis vosotros de España?

viernes, 2 de diciembre de 2011

La ciencia al servicio de la sociedad

MARÍA ELISA ÁLVAREZ OBAYA,
UNA VILLAVICIOSINA PARA RECORDAR

 
María Elisa Álvarez Obaya nació en Villaviciosa, Asturias, el 12 de enero de 1934. Tras estudiar en varias universidades y superar una oposición, en 1961 fue destinada como Inspectora Municipal de Farmacia al municipio de Haría, en la isla de Lanzarote. Dos años después, en 1.963, hubo miles de muertos en España sin una causa aparente. El régimen político de la época sólo reconoció 51 fallecimientos y a 9 personas que quedaron ciegas en Galicia y Canarias.
Elisa Álvarez se sorprende de las muertes de varios de sus convecinos y cae en la cuenta de que los afectados, tanto los muertos como los dos que se quedaron ciegos, eran bebedores de ron. Analizó muestras de la bebida en su farmacia y descubrió la presencia de metanol, un tipo de alcohol extraído de la madera que en determinadas dosis puede provocar la muerte con la ingesta de una sola copa. Elisa lo pone en conocimiento de las autoridades municipales y comienza un proceso judicial. En Galicia se estaban dando casos similares de envenenamiento y el médico de Cea, José Seijo, da la voz de alarma. Gracias a las informaciones del periódico “Faro de Vigo”, se relacionan las muertes de Galicia y Canarias y se da con la procedencia, gallega, de las bebidas adulteradas (ron, ponche y licor de café).
El metanol es un alcohol de uso industrial más económico que el empleado en las bebidas alcohólicas (etanol). En 1963 el precio del litro de metanol era de catorce pesetas y el de etanol alcanzaba las treinta. El metanol se puede obtener de la destilación de la madera y de la hulla y es muy venenoso. Una sola copa  producía unos dolores intestinales muy intensos, a las pocas horas la persona quedaba ciega y muchas de ellas fallecían poco después, debido a un fallo multiorgánico.
El metanol en el organismo se transforma en formaldehido y ácido fórmico por acción de la enzima aldehído deshidrogenasa. Estos compuestos originan daños neurológicos, atrofia del nervio óptico, causante de la ceguera, e incluso la muerte a dosis más elevadas
Elisa fue capaz, además, de descubrir el antídoto, que no es otra cosa que el etanol, que posee una mayor afinidad por la aldehído deshidrogenasa, desplazando al metanol de su unión, e impidiendo la formación de sus metabolitos tóxicos.
Elisa  recibió amenazas de muerte que la obligaban a acudir al Juzgado con escolta. Tras cuatro años de juicio, los once imputados fueron condenados a penas que sumaban 140 años de cárcel por delitos contra la salud pública e imprudencia temeraria, y al pago de cuantiosas indemnizaciones que nunca llegaron a ser cobradas ya que los condenados se declararon insolventes.
Elisa fue distinguida por la Real Academia de Farmacia de España en 1965, a solicitud de varios Colegios Farmacéuticos, adhiriéndose el Ayuntamiento de Haría, con la novena Medalla “Carracido” individual, por su “Científica y Humanitaria Labor”.
En 1998 se publicó el libro “Mil muertos por un trago” de Fernando A. Rodríguez Méndez, donde se cuenta la historia.
El 26 de febrero de 2010, Elisa fallecía, de forma tan discreta como vivió, en Las Palmas de Gran Canaria, a los 76 años de edad.