El mundo está lleno de unas cosas espantosas llamadas bombas atómicas. Son increíblemente poderosas. Una sola, de las más pequeñas, puede dejar una ciudad del tamaño de Gijón como un solar de cascotes, no sin anter matar a todo lo que viviera en ella, claro. Y después de eso queda una gran radiactividad en los restos y en el aire que no hacen muy recomendable una visita.
A lo largo de la Historia se han hecho estallar sólo (es un decir) dos de esas bombas con fines bélicos. Es cierto que en los años 50, 60 y 70 se hicieron explosiones de prueba en un montón de sitios, pero, afortunadamente, no buscaban matar a nadie y no lo hicieron.
Las dos primeras se lanzaron sobre Japón para, según se dice, forzar su rendición en la 2ª guerra mundial. La primera el 6 de agosto de 1945 se dejó caer sobre la ciudad de Hiroshima. En ella se encontraba Enemon Kawaguki, un ingeniero que trabajaba en una fábrica. Tenía entonces 40 años.
Cuando se acercó el bombardero B-29 sonaron las sirenas y todos corrieron a los refugios. Enemon se retrasó un poco. Lo primero que vio fue un intensísimo resplandor. La explosión produjo un calor increíble que evaporó al instante el río que pasaba por la ciudad y destruyó los edificios. La fábrica de Enemon estaba a 5km de la explosión, así que tuvo la suerte de sobrevivir. Había perdido el conocimiento, su ropa estaba toda chamuscada o directamente quemada y él tenía heridas por cascotes.
Ruinas de la ciudad.
La ciudad, antes y después de explotar la bomba.
Después de recibir cuidados médicos subió, junto con otros supervivientes, a un tren que los dejó, el 9 de agosto, en otra ciudad japonesa, Nagasaki. Ese mismo día otro B-29 dejó caer sobre ella un segundo artefacto infernal. Y allí estaba Enemon de nuevo. Esta vez a unos 4km de la explosión también tuvo la suerte de sobrevivir.
Hongo que dejó en el aire la explosión sobre Nagasaki
Enemon Kawaguki fue uno de los poquísimos supervivientes de dos bombardeos atómicos. Pero no pudo cantar victoria. Además de las terribles secuelas psicológicas, la radiactividad se instaló en su cuerpo y acabó con su vida 12 años después.
Acabada la guerra, Estados Unidos y la Unión Soviética (actual Rusia) se embarcaron en una competición a ver quién tenía más y más poderosas bombas atómicas. Los soviéticos llegaron a probar una con una potencia 4000 veces mayor que la de Hiroshima. Se decía que había bastantes bombas para destruir el mundo 7 veces.
Bomba del Zar, explotada el 30 de octubre del 1961 (hace 51 años)
Hoy, las cosas están más tranquilas. De hecho, se están desmantelando bombas y se utiliza su material como combustible de plantas nucleares. Pero todavía hoy hay países que investigan para conseguir fabricar artefactos de esos. Sería bueno de que los convenciéramos de que lo dejen.