Luis Fernández Álvarez nació en 1853 en Salas. Era el tercer hijo de una familia pobrísima. Después de morir su madre cuando Luis tenía 4 años lo que quedaba de la familia emigró a Madrid. Allí su padre encontró trabajo como bodeguero del infante Francisco de Paula, hijo menor del Rey Carlos IV. El infante hizo que los dos niños más pequeños entraran a estudiar en la Escuela Real.
Pero la desgracia volvió a hacer acto de presencia. Acompañando al infante en un viaje el padre sufrió un accidente y murió. Luis y su hermano tuvieron que dejar la escuela y volvieron a Asturias. Aquí, la pobreza les obligó a emigrar a Cuba. Luis tenía entonces 13 años (hoy estaría en 2º de ESO), pero era un hombre curtido que sabía leer y escribir. En Cuba trabajó como lector de libros en una fábrica de tabacos. Elegía los libros y los leía en voz alta a los empleados mientras éstos liaban los puros.
En Cuba se oía la leyenda de Estados Unidos como la tierra de las oportunidades, y por ella emigró otra vez. Pasó por Florida y acabó en Nueva York. Allí, la gente le llamaba Luis F. Álvarez, y acabó perdiendo el Fernández, para quedarse en Luis Álvarez. En Wikipedia se le encuentra como Luis F. Álvarez.
A los 25 años, trabajando de comerciante se casó con Clementine, de origen alemán, y emigró a California. Allí su gran olfato para los negocios le hizo ganar mucho dinero mientras a la vez estudiaba medicina en la que hoy se llama Universidad de Stanford. Al poco tiempo emigró de nuevo, esta vez a Hawai, lugar que entonces no era como lo conocemos hoy. En las islas había un rey, y para él trabajó como médico durante 20 años. Claro que siguió con sus negocios y agrandando su fortuna.
Cierto día recibió un encargo del rey: tratar de reducir la epidemia de lepra entre la población hawaiana. Se trata de una enfermedad infecciosa, entonces incurable. Los leprosos a menudo perdían miembros y se les agrupaba en barrios para ellos solos, a los que se llamaba leproserías. A punto de entrar en el siglo XX Luis viajó a Estados Unidos y estudió las más modernas técnicas bacteriológicas en la reputadísima Universidad Johns Hopkins. Inventó un revolucionario método de diagnóstico de la lepra, vigente durante décadas, y muchos métodos terapéuticos para la enfermedad. Todo ello le dio fama y honores.
Regresó como médico a Los Ángeles en 1906, y fue nombrado cónsul honorario de España. Murió en 1937, tras una vida de ensueño, a los 84 años.

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