Uno de los reclamos turísticos de Estocolmo es la visita al Museo en el que se conserva el Vasa, un magnífico barco cuya historia sirve un poco para el cachondeo. Construido a mayor gloria del rey Gustavo Adolfo fue botado en medio de la expectación popular un veraniego día de 1628 en el puerto de la capital sueca. No se había alejado ni una milla cuando una suave brisa empezó a tumbarlo un poco y, a pesar de los esfuerzos de la tripulación, se fue a pique en cuestión de minutos, hundiéndose con él el mejor armamento y mobiliario de la época, además de unos cuantos tripulantes. Y allí abajo se quedó durante 333 años, hasta que en el año 1961 fue sacado a la superficie.
Al ponerlo en tierra, la sorpresa fue mayúscula ante el casi perfecto estado de conservación del barco. Su madera no se había podrido. Hoy sabemos que el preservante "natural" del barco fue, ni más ni menos, que el alto grado de contaminación que el puerto de Estocolmo tuvo a la largo de esos más de tres siglos y que sólo se corrigió a finales del siglo XX. El muy tóxico medio marino hizo, durante ese tiempo, que cualquier asomo de vida se extinguiera, incluidos los microorganismos que normalmente se hubieran puesto morados con la madera del Vasa.
Así que, tras la sorpresa inicial, hubo que buscar un medio para preservar semejante legado del pasado (y de la contaminación, por qué no decirlo). La solución elegida implicó el empleo de un polímero: el polietilenglicol, con el que se estuvo pulverizando la totalidad del barco durante casi 17 años.
Otro problema químico en la conservación del tesoro tiene que ver con la contaminación que, en un principio, preservó el barco en el fondo del puerto de Estocolmo. Los compuestos de azufre presentes en los lodos del puerto se introdujeron en el interior de la madera del barco en forma de sulfuros. Pero al sacarlo a la superficie, esos sulfuros empezaron a oxidarse por culpa, claro está, del oxígeno del aire. Así los sulfuros se van convirtiendo en sulfatos y parte de los sulfatos en ácido sulfúrico. Se calcula que el cuerpo del barco contiene todavía cantidades suficientes de sulfuros como para producir cinco toneladas de ácido sulfúrico, a una velocidad de 100 kilos por año, lo que destruiría totalmente el barco.
Otro problema químico en la conservación del tesoro tiene que ver con la contaminación que, en un principio, preservó el barco en el fondo del puerto de Estocolmo. Los compuestos de azufre presentes en los lodos del puerto se introdujeron en el interior de la madera del barco en forma de sulfuros. Pero al sacarlo a la superficie, esos sulfuros empezaron a oxidarse por culpa, claro está, del oxígeno del aire. Así los sulfuros se van convirtiendo en sulfatos y parte de los sulfatos en ácido sulfúrico. Se calcula que el cuerpo del barco contiene todavía cantidades suficientes de sulfuros como para producir cinco toneladas de ácido sulfúrico, a una velocidad de 100 kilos por año, lo que destruiría totalmente el barco.
Lo que la contaminación preservó, un ambiente limpio lo puede estropear.
Así que los conservadores (y los químicos) suecos ya tienen trabajo si no quieren quedarse sin la gallina de los huevos de oro del museo.
Esta entrada es una leve modificación de la publicada en El blog de el búho el 21 de agosto de 2011.


No hay comentarios:
Publicar un comentario